MI CITA DE LAS SEIS EN PUNTO
Tenía una cita con mis vecinas en la casona grande, pero ellas no lo sabían.
El sol brillaba crecido en el cielo y yo, mucho que celebrar.
Llego la primavera y con ella las tardes de té y poesía en el jardín de la casona.
Mi pequeño piso familiar estaba pegando a la majestuosa casa de las señoritas Sánchez de Quevedo, dos solteronas de rancio abolengo que llevaban una vida tranquila y sosegada. Desde mi ventana podía ver el precioso jardín que rodeaba la casona, el aire de la calle era embriagador y un pelín pesado. Asomaban los primeros tulipanes y las hortensias crecían como la mala hierba sin ton ni son por cualquier rincón del insultante jardín. Las magnolias, los rosales y un gran jazmín enredadera envolvían el paisaje que a mí se me antojaba como el Jardín de las Delicias.
Todas las tardes a las seis, en punto ni un minuto antes, las dos hermanas se sentaban en el porche de adoquines rojos en una mesita de madera cuarteada que tendría cientos de años, —suponía yo— ¡tantos como las dos señoritas!
Todas las tardes a las seis en punto estaba yo en mi ventana para verlas beber té en unas delicadas tazas y mientras la pequeña de las dos recitaba poesía en voz alta, la mayor sonreía y suspiraba.
Seguro recordaba con aquellos sonetos de amor y desamor tiempos pasados. Parece ser que tuvo un pretendiente con el que se iba a casar, pero que el muy canalla a dos meses de la boda se marchó para hacer las Américas y jamás se supo de él. Ella quedó tan desconsolada que nunca más quiso saber nada de pretendientes.
En cambio, la pequeña nunca conoció varón, aunque la rondaron varios mozos, pero ella decidió dedicar su vida al cuidado de sus padres.
El señor Sánchez fue militar y estuvo en la guerra de Cuba, no quería hablar de ello porque era una deshonra, decía. Después de aquella mancha en su curriculum militar abandonó del ejército y se metió en banca, avalado por el patrimonio de su esposa, que era la que poseía el postín y claro aquello acabo como la guerra de Cuba.
La señora de Quevedo era una delgaducha siempre enfermiza, pero con posibles que cautivaron al apuesto militar.
Mi madre decía que era una maldita bruja que daba mucha guerra.
Yo no la conocí, no puedo corroborar la versión de mamá.
La escena del jardín a las seis en punto me cautivaba. Era como si estuviera allí con ellas, saboreando mi taza de té y suspirando ante ¨Veinte poemas de amor y una canción desesperada" del maestro Pablo Neruda. Me veía embriagándome del olor de azahar a la sombra del naranjo.
Siempre me he preguntado si ellas sabían que yo las observaba desde mi ventana.
Un fatídico trece de junio mi madre nos comunicó que nos mudábamos, a mi padre le salió trabajo en otra ciudad y debíamos marchar,
!fue el peor día de mi vida¡
faltaría a mi cita de las seis en punto por primera vez desde que tenía uso de razón, !que sería de mí¡ sin mi té y Pablo Neruda.
Me jure que cuando fuera mayor nunca me faltarían mis tacitas bonitas y mi poesía.
Hoy ya soy grande, tengo una magnífica biblioteca y aunque me decanto más por el café, solo lo tomo en preciosas tazas que colecciono como un gran tesoro.
Hoy ya soy grande, tengo una magnífica biblioteca y aunque me decanto más por el café, solo lo tomo en preciosas tazas que colecciono como un gran tesoro.



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